lunes, octubre 17

La chica que bebía sonrisas

A diferencia del resto de personas, lo único que le preocupaba al finalizar cada día era contar el número de veces que había sonreído. A veces venía corriendo a casa y entraba por la puerta sonriendo con fuerza, con tanta que en ocasiones parecía que en vez de reír apretaba los dientes, y me decía el número, normalmente uno comprendido entre 40 y 50. Era curioso porque, cuando me lo decía, por muy bajo que fuera jamás perdía esa felicidad optimista de no creer en los problemas.
Ella no lo sabía, pero cuando no me veía la miraba fijamente suprimiendo cualquier pensamiento que no fuera su existencia. La contemplaba; a ella, a sus gestos, su manera de mirar a alguien y transmitirle toda esa potencia, intensidad, fuerza... Era pura, pura entereza, pura felicidad, puras ganas de vivir... Recuerdo un caluroso mediodía de Abril, en el que la puerta, como siempre, se abrió ante su presencia. Entró seria, quizás pensativa, no lo sé, pero algo estaba claro; no sonreía. Lo primero que hizo fue dejar el bolso en la entrada (algo que me sorprendió bastante porque siempre venía impaciente a decirme el número), y después, con toda la tranquilidad del mundo, se acercó a mi. Colocó las manos sobre la boca, como señal de que iba a susurrarme algo al oído.
Con voz firme, musitó:
-Noventa y nueve.
Apartó su aliento de mi piel y esperó frente a mi. Tardé en reaccionar. No recordaba el significado de los números, pero al ver esa inestabilidad continúa en su risa y unos ojos que se cerraban y abrían con sosiego todo cobró sentido.
-¿Noventa y nueve?
-Sí. Hoy he bebido noventa y nueve sonrisas.
-¿Bebido?
-Así es. La gente bebe lágrimas, yo bebo sonrisas.
-¿Y por qué estás así?
-Porque ninguna de esas noventa y nueve sonrisas te pertenece a ti.

Y con las dos últimas palabras ''a ti'' selló mis labios con dolor y calló mi voz con valentía de atreverse a dar el paso de convertirme en parte de su pasado.
Ella era feliz, siempre lo ha sido. Despierta cada mañana con una sonrisa producida por el amanecer de un nuevo día, y se acuesta cada noche con otra producida por ese número, el número que indica cuantas sonrisas ha bebido. Cuarenta, cincuenta y tres, sesenta y dos, cuarenta y nueve, cuarenta y cinco... No importaba que dos cifras compusieran ese número, ella sabía que ninguna vendría de él.
Y así fue como pasó a la historia con el nombre de ''La chica que bebía sonrisas''. Nunca me atreví a preguntarle si escogió eso porque no le gustaba el amargo sabor de las lágrimas. Es extraño pero, os juro que sin ella las risas ya no tienen sentido. Es más... ya ni siquiera me acuerdo... Era su droga, y ella la mía. Era el sol en mi ventana, la solución a mis problemas, la luz blanca y resplandeciente en mi almohada y una sonrisa perdida entre mis sabanas. Era alegría, y al rozar su piel uno también lo era. Pero ahora, y después de tanto tiempo, he comprendido su huida. Debía ser duro ser la única persona que sonríe a cada segundo, que no tiene otra preocupación más que esa... Jamás pensé en producir mi propia felicidad. La iba consumiendo poco a poco sin apenas darme cuenta, hasta llegar al punto en que nos mirábamos felices sin saber que su felicidad no era producida por mi.

Y... hasta aquí puedo escribir.
Cuando una persona comienza a producir y beber sus propias sonrisas no tiene ningún sentido estar alimentando innecesariamente la felicidad de otro, porque de ese modo, estarás alimentando tu infelicidad. Así que... Lo siento. Siento no haber sido la sonrisa que te faltaba para llegar a cien...